Usar la palabra «transgénero» ya es ideológico, advierte un experto: no se puede cambiar de sexo

Usar la palabra «transgénero» ya es ideológico, advierte un experto: no se puede cambiar de sexo
Aceptar la palabra “transgénero”, y su correlato “cisgénero”, es aceptar también la afirmación ideológica de que el cambio de sexo es posible, contra toda evidencia cromosómica, somática, metafísica… Andrew T. Walker, doctor en Ética Cristiana por el Southern Baptist Theological Seminary y autor del libro de próxima aparición God and the Transgender Debate [Dios y el debate transgénero] ha reflexionado por extenso sobre la inadecuación de ese término en un artículo publicado en The Public Discourse:

Andrew T. Walker es director de estudios sobre ética y libertad religiosa en la Southern Baptist Convention, comunidad baptista del sur de Estados Unidos.

Actualmente, los debates culturales están llenos de nuevas palabras y conceptos. Creando “constructos” que dan nombre a teorías subjetivas, los progresistas intentan cristalizar sus teorías sociales dándoles la apariencia de certeza incuestionable.

Quienes controlan el lenguaje controlan los términos del debate. Las palabras crean y confirman ideas. Y si las nuevas palabras pueden dar significado a nuevos conceptos, con el paso del tiempo, al acostumbrarnos a su uso, dichos conceptos pasan a ser incuestionables.

Dos ejemplos: divorcio de mutuo acuerdo, sexo seguro
Tomemos, por ejemplo, el caso de la revolución sexual y una de sus herencias más infames, el “divorcio de mutuo acuerdo”. El divorcio de mutuo acuerdo intenta facilitar la disolución del matrimonio. Pero, pregúntese: ¿existe realmente un divorcio en el que ninguna de las partes tenga ninguna culpa y ambos estén de acuerdo? Desde luego que no. Pregúntele a cualquiera que haya pasado por uno. Un divorcio de mutuo acuerdo es meramente un mecanismo legal para que la disolución de un matrimonio se haga de manera más eficaz. Por consiguiente, este cambio en el vocabulario ha transformado nuestro modo de comprender el divorcio a nivel cultural.

¿Y qué decir de la expresión “sexo seguro”? El sexo seguro se vende a los adolescentes y a los adultos jóvenes con la promesa de que, con los accesorios correctos, uno puede disfrutar de encuentros sexuales sin ningún riesgo para la salud física, el propio bienestar emocional o sin correr el riesgo de embarazos no deseados. Pero como demuestra un número cada vez mayor de testimonios, toda una generación está siendo destrozada por los excesos del sexo separado del vínculo del matrimonio. De nuevo, el vocabulario ha revolucionado el significado cultural de la finalidad del sexo.

¿Qué es “transgénero”?
Esto nos lleva a la palabra que está de moda en la cultura actual: “Transgénero”. En nuestra cultura, transgénero significa muchas cosas. Mark Yarhouse, psicólogo cristiano, ofrece una definición clínica: “Es un término general aplicado a las muchas maneras con las que las personas pueden experimentar y/o presentar o expresar (realizar) sus identidades de género de manera distinta a la gente cuyo sentido de la identidad de género coincide con su sexo biológico”.

Understanding gender disphoria [Entender la disforia de género] es una de las obras consagradas por Mark Yarhouse a las polémicas del transexualismo.

Es una definición útil porque capta la amplitud de experiencias psicológicas de la gente que se percibe como transgénero, sin necesidad de aceptar los discutibles apuntalamientos ideológicos del movimiento transgénero. En un mundo posterior al pecado original, en el que los cristianos profesan que las cosas se han torcido, hay personas con trastornos psicológicos y enfermedades mentales que distorsionan su percepción de la realidad. La sensación de que una persona se siente mujer a pesar de tener una anatomía masculina encaja perfectamente en esta categoría. Los cristianos interpretan esas experiencias psicológicas confusas sencillamente como otra consecuencia de la Caída. [Nota de ReL: El autor se refiere a que la Caída o pecado original, al introducir el desorden en el mundo tal como Dios lo había creado para el hombre, es responsable genérico de los males inherentes a ese desorden, entre ellos la enfermedad, sin que por ello pueda entenderse vinculación intrínseca alguna entre las enfermedades físicas o psicológicas concretas de una persona concreta y sus pecados personales.]

Desgraciadamente, para la mayoría de la gente la semántica del transexualismo describe mucho más que la experiencia psicológica subjetiva de alguien. Para los progresistas laicistas, la existencia de personas que declaran tener una identidad transgénero fulmina las bases biológicas de la persona, vinculando la percepción psicológica a la propia persona ontológica. ¿Por qué? Porque la cultura ambiente ha elevado el concepto de “transgénero” a nivel de identidad personal. El testimonio personal sustituye a nuestra corporeidad. Aparentemente, la mayoría cultural ambiente acepta la idea de que pasar de un sexo a otro es algo realmente posible, a pesar de que es física y metafísicamente imposible.

La corrección política exige que no se estigmaticen los conflictos sobre identidad de género. Anteriormente, la disforia de género era considerada una enfermedad asociada con el Trastorno de Identidad de Género, una patología; pero gracias a la politización de la medicina conseguida por los activistas, lo que antes era una patología es ahora una identidad, una cosmovisión y una virtud política. Por lo tanto, la etiqueta “transgénero” no sólo se refiere a la afirmación de que existe una enfermedad mental, sino que transmite una ficción metafísica que busca ser aceptada y asumida a través de todos los canales de la cultura.

La razón por la que la gente puede insistir en que está “atrapada en el cuerpo equivocado” es porque, en el paradigma transgénero, la psicología manda sobre la ontología. Como nuestra percepción de nosotros mismos se utiliza para determinar la realidad, los activistas, y quienes no lo son, pueden insistir con total sinceridad en arbitrariedades del calibre de que los hombres pueden menstruar. Éste es el motivo por el cual la revista Time está intentando que los americanos normales acepten la idea de que los hombres pueden dar a luz. El movimiento transgénero necesita que se acepte la idea de que los hombres que se identifican como mujeres son realmente mujeres y las mujeres que se identifican como hombres son realmente hombres.

Durante un debate sobre la ideología de género en el programa del Dr. Drew en la CNN (a raíz del “cambio de sexo”, en abril de 2015, del ex atleta olímpico William/Catlyn Jenner), el transexual Zoey Tur cogió por el cuello al polemista conservador Ben Shapiro y le dijo: “Para ya o volverás a casa en ambulancia”. “Eso parece ligeramente inapropiado para un debate político”, le respondió Ben, quien se estaba refiriendo a Zoey como “sir” [señor]. El moderador y los contertulios, lejos de recriminar la amenaza, acusaron a Shapiro de ser grosero. “No es ser grosero decir que alguien que es biológicamente un hombre es un hombre”, replicó el joven. Pincha aquí para saber quién es Ben Shapiro y también pincha aquí para verle argumentar en otra ocasión sobre este mismo asunto.

Consideremos el fenómeno de las personas transgénero que celebran su “cumpleaños” no en la fecha de su nacimiento natural, sino en la fecha en la que revelaron públicamente su nueva identidad transgénero. Lo cual implica que la persona perteneciente a su género anterior ya no existe. Esta pseudo-resurrección, que presupone un dualismo del propio cuerpo, es un mito gnóstico. En otras palabras, un falso evangelio. En lo que tal vez sea la expresión más acabada de su individualismo, la era secular de la anti-razón nos exige que creamos que podemos arrasar nuestros cuerpos y construir a voluntad identidades alternativas e idealizadas.

Identidad cristiana e ideología transgénero
La cosmovisión cristiana no puede aceptar un movimiento que juega caprichosamente con el sexo biológico y la promesa de una auto-resurrección. La imagen que nos transmiten los primeros dos capítulos del Génesis es una imagen en la que los binarios divinamente orquestados se definen como un bien: el Cielo y la Tierra, la Noche y el Día, la Tierra y el Mar, el Hombre y la Mujer.

Lo que sí puede aceptar la cosmovisión cristiana, sin embargo, es un mundo como el que vemos en el tercer capítulo del Génesis, un mundo en el que la gente tiene una percepción rota de sí misma debido a la Caída.

La cosmovisión cristiana asume el testimonio de aquellos para quienes la disforia de género es una experiencia real que causa un sufrimiento atroz. La cosmovisión cristiana no puede, sin embargo, aceptar la idea que los hombres se conviertan en mujeres y las mujeres se conviertan en hombres. Ningún nivel de afirmación o descripción de uno mismo, por vehementemente sincero que sea, puede conseguir que las personas re-configuren sus cromosomas. Visto de esta manera, existir como “transgénero” es, en sí mismo, un constructo social creado por los revisionistas.

Esta es la razón por la que el uso simplista o involuntario del término “transgénero” es problemático. Las intenciones con las que la cultura dominante usa esta palabra son incompatibles con la antropología cristiana. La cultura dominante quiere que las personas acepten, sin ninguna sombra de duda, la idea de que alterar quirúrgicamente el propio cuerpo puede hacer que una persona se transforme en miembro de un sexo biológico diferente. El término transgénero puede servir para describir una amplia gama de experiencias de algunas personas, pero para quienes controlan la palabra por medio de la cultura dominante, “transgénero” indica un constructo de mucho más calado, que los cristianos deberían procurar no usar a la ligera. “Transgénero” es un neologismo repleto de supuestos ideológicos que los cristianos no pueden usar inocentemente.

Por las mismas razones, los cristianos no deben dar por buena la palabra “cisgénero”. En su uso común, “cisgénero” significa que el sexo biológico de una persona y su identidad de género coinciden. Antes de que existiera el concepto de transgénero, el término “cisgénero” no existía. Era meramente el estado normal de las cosas dado por el sexo biológico de la persona.

Es así como un mundo que acepta el transexualismo termina afectando a todos los demás: aceptar que algunas personas son verdaderamente de un género distinto al de sus cuerpos biológicos significa que todos los que no lo son se convierten en cisgénero. Pero las personas cuya identidad de género y sexo biológico coinciden no son cisgénero: son, sencillamente, personas que “funcionan bien”, personas que aceptan que la naturaleza de su existencia está determinada por el plan de Dios para el hombre.

Deberíamos evitar todo lo posible palabras como “transgénero” y “cisgénero”, porque usarlas a la ligera indica que aceptamos implícitamente ideas que violan no sólo el retrato bíblico de la dignidad humana, sino también las leyes de la racionalidad y los principios de una sana y sólida metafísica. Aunque he escrito un libro titulado God and the Transgender Debate [Dios y el debate transgénero], en el que utilizo dicho término, sigo creyendo que los cristianos deben ser cautos cuando utilizan a la ligera palabras que dan por buenos constructos fallidos e irracionales.

Seamos claros: las personas no son transgénero. Las personas no pueden ser transgénero. Las personas nacen siendo hombres y mujeres, con deseos, intuiciones y percepciones que, al ser consecuencia del pecado original, pueden hacer que el corazón y la mente se salgan del camino recto.

El rechazo del mundo por predicar la verdad
Indudablemente, si eres escéptico sobre la validez de la identidad transgénero de una persona, te acusarán de practicar “borrados”, otro neologismo de la comunidad transgénero que acusa a quienes se niegan a aceptar el transexualismo de hacer daño a una persona anulando su existencia en el género elegido por ella. Pero, ¿realmente los cristianos que rechazan la idea de que las personas pueden convertirse en miembros del sexo opuesto dañan a los demás? Ni mucho menos. Los cristianos que resisten a la presión cultural, que les exige que se dobleguen a sus exigencias, se mantienen firmes a la verdad. Tal vez nuestro vecino no comparta esta verdad revelada por Dios, pero las verdades de nuestra masculinidad y nuestra feminidad son verdades naturales de las que todos somos testigos consciente o inconscientemente. Más que borrarlas, el Evangelio cristiano nos ofrece a todos la capacidad de entender quiénes somos verdaderamente, cuál es nuestra mayor necesidad y cuál es la recompensa eterna que podremos disfrutar mucho después de que las arenas movedizas del progresismo laicista hayan quedado atrás.

Los cristianos tienen una identidad mejor que ofrecer al mundo. No hay personas “transgénero”. Hay personas que sufren disforia de género; no obstante, son personas que han sido hechas a imagen y semejanza de Dios, que las ama, personas por las que Cristo murió para que ellas pudieran vivir. No hay mejor identidad a la que podamos adherirnos que ésta. Todos los que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios somos personas caídas, pero también somos personas imbuidas de una inviolable dignidad. Los seres humanos son creaciones con una naturaleza que es diseño de Dios; no son un proyecto científico que puede ser re-inventado a voluntad.

Traducción de Helena Faccia Serrano y Carmelo López-Arias.

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