VISION Y METAS. Triunfando y fracasando al planear.

“Para el que no sabe a donde va, cualquier viento le es favorable”, enseñaba el filósofo romano Séneca.

Usted ya tiene la visión. Conoce el destino final. Sabe exactamente como será el futuro de su organización cuando todos lleguen a la meta. Permítame preguntarle ahora:

¿Cómo piensa llegar hasta ella?

¿Qué pasos dará este año para que se haga realidad?

¿Y en los próximos cinco años?

¿Sería pecar de audaz si le pregunto por los próximos diez años?

Si el liderazgo comienza con una visión, el segundo eslabón en la cadena de la competencia y la efectividad es decidir la estrategia:

Trazar un curso de acción preciso y deliberado que nos lleve hasta la meta.

La visión nos ofrece el destino, el planeamiento nos dice cómo se realizará el viaje. Hasta que el plan de acción no esté claramente trazado, no hay garantía de que el esfuerzo que se emprenda será en la dirección correcta.

“Si estamos fracasando al planear, estamos planeando fracasar”, nos recuerda el refrán popular.

“Todos los fracasos que he conocido, cualquiera sea el error que haya cometido personalmente, cualquiera sean las locuras que he visto cometerse en la vida privada y pública, han sido la consecuencia de acciones sin planeamiento previo”, afirma un reconocido autor. Buenos resultados sin el sustento de buenos planes son el resultado de la buena suerte, no de un buen liderazgo. Todo líder debe organizar las actividades necesarias que le acerquen a su destino final.

Si el planeamiento tiene un valor primordial para cualquier líder, para un ministro cristiano llega a ser particularmente vital.

Peter F. Drucker, el escritor mas leído en el mundo sobre el tema de administración de empresas, nos recuerda algunas razones de orden práctico:

Los Pastores necesitan organizar, no porque deban organizar, sino porque es la única forma de obtener el tiempo, la posibilidad de pensar, y la libertad para hacer el verdadero trabajo. Es su herramienta para asegurarse que todas las otras cosas que deben hacerse se hagan y que no lo devoren vivo en el proceso.

Organizar no es la respuesta a todos los problemas del ministerio. Sin embargo, es una herramienta que todos ustedes necesitan. Deben aprender a lograr que las otras cosas se hagan como resultado de organizarse a usted mismo, a su congregación y su trabajo. Deben aprender a establecer objetivos para ustedes mismos y para cada tarea importante que piensan que deben hacer. Esta es la tarea mas difícil: Pensar detalladamente lo que deben lograr.

A las razones esgrimidas por Drucker se debe agregar la enseñanza bíblica con respecto a este tema.

Lamentablemente, en muchos círculos cristianos de la actualidad, se ha creado una falsa polarización entre espiritualidad y organización. Reconocemos como primordial que un líder cristiano demuestre en su conducta diaria la llenura, los frutos y el poder del Espíritu Santo, pero es igualmente importante que esto vaya acompañado de talentos organizativos. La espiritualidad nunca podrá suplantar a la competencia y  viceversa. Ambas deben caminar entrelazadas. El mismo Dios que nos da su Espíritu como una manifestación especial de su gracia, también ha dado a su pueblo un don espiritual que brilla por su ausencia en muchos círculos cristianos, sin importar la denominación: El don de administración. San Pablo nos recuerda en 1 Corintios 12:27–28:

Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo. En la iglesia Dios ha puesto, en primer lugar, apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; luego los que hacen milagros; después los que tienen dones de sanidad; los que pueden ayudar a otros; los que tienen dones de administración y los que hablan en diversas lenguas.

Este don enfatiza un aspecto particular del servicio cristiano y es el que justamente nos concierne en este capítulo: la capacidad de organizar y ejecutar. Es muy sugestivo que el sustantivo correspondiente al verbo que se usa en este pasaje, se traduce en Hechos 27:11 y Apocalipsis 18:17 como el piloto, el capitán de una embarcación, alguien que cuenta con el conocimiento y los recursos necesarios para hacer una travesía exitosa. Y para llevar al puerto deseado el o los barcos que se confían a su pericia.

Dios quiere que su pueblo se caracterice por el orden y el buen funcionamiento. Nunca esta verdad me había impactado tanto como al leer, en uno de mis devocionales, el capítulo 4 del libro de Números. Mientras leía este capitulo cargado de detalles tan minuciosos respecto del traslado del tabernáculo, me preguntaba: “¿para qué lo habrá dejado Dios en la Biblia si el tabernáculo ya no existe?” Y de pronto, como un flash me vino la idea, “para que aprendan que soy un Dios de orden y cómo se debe organizar un trabajo para que no haya confusión”. Los mismos beneficios que produce una visión poderosa bien pueden ser reiterados aquí cuando hablamos de planeamiento.

Puesto que la Biblia, la práctica y el sentido común nos recuerdan la importancia que la tarea organizativa tiene para un líder, en este capítulo deseamos analizar qué pasos demanda desarrollo de un buen plan de acción. Y dentro del proceso de planeamiento, haremos hincapié en la elaboración de metas y objetivos adecuados. Como afirma Alec Mackenzie: “La obra monumental de cuatro tomos, Professional Management in General Electric (Gerencia profesional en General Electric) designa al planeamiento como la primera función del gerente profesional y la determinación de objetivos como la primera actividad del planeamiento”

No obstante, tan pronto mencionamos objetivos y metas uno se enfrenta con una realidad palpable y es que sólo una minoría de individuos y líderes operan en base al establecimiento de objetivos.

 

¿Cuáles son las razones para esta deficiencia?

La primera razón es que no quieren asumir responsabilidades.

“El precio de la grandeza es la responsabilidad”, afirmaba Winston Churchill.

No hay una sola persona en este mundo que haya logrado algo significativo en su campo elegido de acción, que no haya tenido que asumir la responsabilidad absoluta por sus propias acciones. Cuando un individuo ha grabado a fuego en su alma la verdad de que lo que haya de suceder depende exclusivamente de él, ya ha entrado por los portales de la realización personal. Cada uno debe aferrarse a la convicción de que a nuestra vida la hacemos o deshacemos con nuestras decisiones, y que yo no puedo endosar la culpa de mis fracasos y los méritos de mis victorias a nadie más que a mí. Muchos nunca establecen objetivos porque no quieren asumir responsabilidades ni que se evalúe qué progreso están teniendo. Pilato es el ejemplo clásico y permanente del indeciso que nunca quiso asumir la responsabilidad que le correspondía por su posición …

La segunda razón es que no entienden la importancia que tienen.

Hay personas que se criaron en hogares donde jamás oyeron sobre la necesidad de tener un plan de acción en la vida. Sus padres simplemente avanzaban a los tumbos y ellos adoptaron el modelo. Pero si la ausencia de metas en un hogar es lamentable, mucho más patético aún es que alguien pueda graduarse en una universidad y, según la carrera que haya elegido o el país donde haya estudiado, probablemente en veinte años de estudio no se le haya enseñado ni por asomo cómo desarrollar un plan de acción. Inclusive para quienes se gradúan en seminarios teológicos a nivel de licenciatura, esta es una realidad más que palpable. Sobran los dedos de la mano para nombrar las instituciones de formación de obreros cristianos que ofrezcan cursos sobre liderazgo. No podemos sorprendernos en consecuencia de que, cuando tales individuos llegan a asumir una “posición de liderazgo”, en lugar de avanzar hacia una meta con planes definidos, al igual que el pueblo de Israel en el desierto, se muevan en círculos por cuarenta años.

La tercera razón son valores culturales.

Cuando hablamos al mundo hispano de la importancia crucial que significa el establecer metas y objetivos para un líder, uno entra en un mar agitado por fuertes vientos. Esto es especialmente visible en el ámbito cristiano. Los que nos trajeron el evangelio desde el hemisferio norte, sean norteamericanos, ingleses, alemanes o escandinavos, por años nos han considerado como los eternos desorganizados, los campeones de la improvisación y los impuntuales que dejamos todo para el último momento. Y después oramos … esperando que Dios haga por su poder milagroso lo que nosotros no hicimos. Reconocemos que nuestro modo de operar está fundado en una cantidad de razones válidas, tales como falta de formación, incertidumbre continua en cuanto al futuro, etc. Pero si la vida y el trabajo de un individuo han de tener una dirección definida y lograr resultados visibles y concretos, es prioritario desarraigar malos hábitos de formación y reemplazarlos con nuevas habilidades que incrementen nuestro potencial. Y lo que estamos tratando es la clave de todo.

La cuarta razón es temor a la burla y el rechazo.

Ningún soñador es bien recibido por hombres mediocres. Preguntémosle a José qué recepción tuvo de parte de sus hermanos cuando les contó sus sueños (Génesis 38). El temor al rechazo, a la crítica, a la burla, paralizan a más de un hombre débil. Lamentablemente, desde la niñez uno tiene que experimentar en carne propia la realidad amarga que son los consejeros gratuitos. Personas a quienes nadie les pidió opinión pero que, tan pronto alguien deja entrever aunque sólo sea una vislumbre de sus planes personales, se levantarán para decirle: “No estás calificado, no vale la pena, es imposible, no lo lograrás”.

Se cuenta que cuando Los Beattles lograron su primer disco de oro, John Lennon le regaló una placa de oro a la abuela que lo había criado. En ella le grabó la frase con la cual lo había atormentado durante toda su infancia: “¡Nunca vas a ganar un centavo con esa guitarra” … Cualquiera que anhele hacer algo significativo con su vida, deberá pedirle a Dios el don de la sordera …

Por tanto, puesto que todos somos susceptibles de ser influenciados por opiniones ajenas, es importante que aprendamos a guardar con absoluta reserva nuestras metas personales y sólo compartirlas con aquellos que tienen el mismo sentir en la vida. Cuando se trata de metas de trabajo para cualquier organización, debemos aprender a ser sabios con quiénes y cuándo las compartimos y qué cantidad de información comunicamos en determinado momento.

La quinta razón es temor al fracaso.

La desilusión es hija de la ilusión. El temor al fracaso es el factor sicológico número uno que detiene a la mayoría de individuos en la consecución de sus logros. Sin embargo, no hay empresa que queramos emprender que no implique un riesgo, y la posibilidad de un fracaso es parte inseparable del proceso. Es imposible triunfar sin fracasar. Todos los grandes éxitos en la arena de la vida han sido precedidos por grandes fracasos. ¡Qué mejor ejemplo que Moisés!. Desde joven tuvo la visión de ser el libertador de su pueblo (Hechos 7:25). Su deseo era excelente y Dios finalmente se lo concedió, con algunos años de diferencia … Pero su visión fue alcanzada. Pero entre tanto debió pasar cuarenta años de monotonía en el desierto.

Si alguien anhela desarrollar plenamente el potencial que ha recibido de Dios tiene que estar dispuesto a correr el riesgo de fracasar vez tras vez. Dios permitirá que el fracaso llegue a nuestras puertas tantas veces como sea necesario, para aprender cada una de las lecciones que tenemos que internalizar para alcanzar grandes logros. Nunca olvide que el fracaso nunca es terminal sino temporal, y que en última instancia es mejor terminar fracasando en el logro de una gran visión, que apuntarle a la nada y darle de lleno.

La sexta razón es por razones teológicas.

Hay obreros y pastores cristianos cuyas vidas son un completo desorden por una lealtad mal entendida a ciertas doctrinas bíblicas.

Para algunos el impedimento para establecer metas y objetivos radica en la realidad de la segunda venida del Señor. Al igual que los creyentes de Tesalónica, parecen razonar: “¿Para qué me voy a preocupar en desarrollar un plan de acción si Jesucristo puede regresar en cualquier instante? ¿Para que trazar objetivos a largo plazo, cuando el futuro tal vez nunca llegue?” Entre tanto el reloj continúa corriendo y las oportunidades se les escapan de las manos. A los tales debemos recordar la verdad de Hechos 1:11: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?”  La realidad del regreso de nuestro Salvador, lejos de ser razón para la indecisión, debe promover un trabajo vigoroso que responda a metas y objetivos dignos de su nombre. Dios está del lado del éxito, nunca del fracaso. Los tres siervos de la parábola de los talentos (Mateo 25:14–30) serán un perpetuo recordatorio para la iglesia de todos los tiempos y trasfondos: debemos vivir como si Cristo regresara hoy, pero debemos planear como si no volviera en los próximos dos mil años.

A otros lo que les impide establecer metas y objetivos es la soberanía de Dios. Nunca han encontrado el equilibrio entre lo que Dios debe hacer y lo que nos corresponde a nosotros. En muchos círculos cristianos se predica y practica una versión del cristianismo donde el ser humano ha quedado reducido a la nada. Según esa perspectiva, luego de la caída ha sido desprovisto de todas las facultades que Dios le otorgó por derecho de creación, especialmente la mente.

Y a pesar de todo lo que se les pueda enseñar de los amplios espectros que cubre la redención, aún se resisten a pensar. Se dicen que trazarse metas específicas es señal de presunción y orgullo espiritual. Parecen no comprender, por dar un ejemplo, que si uno anhela ver crecer una iglesia deberá establecer prioridades y objetivos. Si alguien correctamente cree que un ministerio de oración fervoroso es el motor que empuja el crecimiento espiritual y numérico de una congregación, ¿qué estrategia usará? Un culto a mitad de semana en la iglesia o casas de oración en distintos barrios de la ciudad. Si elige casas de oración, ¿cuántos obreros calificados tiene para llevar adelante el proyecto?  Si no tiene ninguno, ¿cuántos piensa equipar durante el próximo año? Del número de obreros calificados dependerá el número de células que pueda tener funcionando. De nada servirá, me temo, pedirle a Dios cien grupos de oración si no tenemos los recursos humanos listos para ministrar a la necesidad. Es tan simple y, sin embargo, hay tantos que no lo ven.

Si nuestra visión proviene de Dios, las metas y objetivos específicos también entrarán dentro de su voluntad para nuestras vidas y servicio. Así que, si queremos alcanzar la visión recibida, no sólo debemos aprender a planear, sino que debemos refinar esta habilidad hasta que lleguemos a hacerlo con maestría. Para ello debemos entender ¿qué implica planear? Ya que la Biblia usa el termino “capitán de embarcación” para describir esta función, a fin de hacer mas gráficos los pasos que vamos a delinear, usemos como ejemplo a Cristóbal Colón y cómo debió prepararse y actuar para cristalizar su visión de llegar a las Indias navegando hacia occidente. Tratemos por un instante de colocarnos dentro de sus zapatos.

Pasos en el planeamiento:

A. Analice su realidad presente: Antes de siquiera pensar en lanzarse a la mar, Colón debía saber con precisión absoluta con qué fuerzas y recursos contaba. Debía conocer a sus hombres: sus antecedentes, personalidades, habilidades y nivel de preparación. Debía conocer con qué materiales contaba,  sus carabelas, su instrumental de navegación, todos los detalles técnicos de los cuales dependía el éxito de la empresa. Además debía saber qué apoyo logístico tenía y cuáles eran sus recursos económicos. Esto y una infinidad de detalles, ya triviales, ya valiosos, componían su capital en el punto de partida. Igualmente, al planear el curso de acción que lo lleve hacia el logro de su visión todo líder del pueblo de Dios debe hacer un análisis detallado de su situación presente.

Por ejemplo:

1. ¿Cuál es el ministerio que está guiando?

2. ¿Cuáles son las características de la comunidad a la que sirve? ¿Cuál su composición social? ¿Cuáles son sus necesidades apremiantes?

3. ¿Qué habilidades y dones espirituales poseen los miembros del equipo? ¿Son aficionados o profesionales de larga experiencia?

4. ¿Con qué tipo de base económica cuenta para operar?

5. ¿Cuál es la historia del ministerio? ¿Cómo ha avanzado hasta aquí?

Este siempre es el primer requisito de todo planeamiento realista y exitoso, de otro modo simplemente estamos haciendo castillos en el aire.

B. Desarrolle suposiciones relevantes: Luego de hacer un inventario detallado, como navegante experimentado que era Colón tiene que haberse hecho las siguientes preguntas:

1. Puesto en marcha el plan de acción, ¿qué posibles situaciones pueden llegar a darse durante la travesía?

2. ¿Qué obstáculos podemos llegar a encontrar a lo largo del viaje?

3. ¿Qué condiciones pueden imperar a lo largo del trayecto?

4. ¿Qué reacciones puede tener la tripulación si la travesía se extiende más de lo calculado?

De la misma manera, no importa a qué tipo de institución sirva un líder, habiéndose familiarizado íntimamente con sus recursos, debe desarrollar previsiones relevantes que le ayuden a estar más adecuadamente preparado para eliminar el factor sorpresa.

C. Establezca metas y objetivos: Al hablar de metas y objetivos debemos comenzar haciendo una aclaración semántica. Cuando de objetivos se trata, nos referimos a los logros que una organización busca a largo plazo; cuando el tema son las metas, hablamos de corto plazo. Para la mayoría de las empresas, un plan que excede el año es considerado de largo plazo; y dentro del año, de corto plazo. Muchas veces, según el ambiente en que nos toque desenvolvernos, se habla de “objetivos estratégicos” cuando se trata de largo plazo y de “metas operacionales” en el corto plazo. Habiendo aclarado la semántica, vayamos a la acción.

Todo objetivo y meta que quiera alcanzar debe reunir tres características primordiales:

Primero, toda meta u objetivo debe ser específico: Suponga que usted es agente de ventas de una aerolínea comercial. Cierto día, mientras está trabajando en el aeropuerto, llega un pasajero al mostrador y le dice: “Véndame un pasaje, por favor” “¿Para ir a dónde, señor?” -responde Ud. un tanto preocupado- “A donde sea”, replica el pasajero. ¿Cuál sería su reacción? ¿No se sentiría un tanto sorprendido ante semejante respuesta?

Cuantas veces al preguntársele a un creyente en Cristo: “¿Cuál es tu visión personal?” Nos responde: “servir al Señor” o “alcanzar el mundo para Cristo”, o “transformar la sociedad”. Todo muy lindo y loable pero, al igual que los fuegos artificiales, se difunden en todas direcciones sin dar en ningún blanco. Cuando Lee Iacocca se propuso dar vuelta la Chrysler, sabía muy bien qué productos debía ofrecer para captar el mercado; en consecuencia, por primera vez en la historia de la industria automotriz aparecieron los Mini Vans. Su éxito fue tan rotundo que a los otros fabricantes no les quedó otra salida que copiar su iniciativa si querían permanecer competitivos. Nuestra visión nos dice cuál será nuestro negocio; nuestros objetivos deben responder qué vamos a fabricar, qué vamos a producir. Si vamos a plantar una iglesia, a comenzar un colegio o un hospital cristiano, debemos saber con exactitud qué clase de iglesia, cuáles serán sus características primordiales, en que será distinta a las demás.

Segundo, toda meta u objetivo debe ser medible: Puesto que el propósito de establecer metas y objetivos es diseñar una serie de pasos que nos lleven a alcanzar la visión, es fundamental saber si se ha subido o no cada peldaño. Por eso es esencial saber dos cosas con respecto a cada meta: cuántos y cuándo. Cuando la corporación Boeing decidió construir el Jumbo 747, se propuso fabricar siete aviones por mes. En veintiún días de trabajo que tenían por mes, les quedaba el desafío de ¡terminar un Jumbo cada tres días!

Si mi propósito es edificar la iglesia abriendo casas de oración y estudio bíblico, tengo un objetivo específico, pero no se puede medir. Si en cambio anuncio que quisiéramos equipar a cien líderes para grupos de oración, esto sí es cuantitativo y medible. Pero además, me propongo capacitar cien encargados de grupos: ¿Cuándo? ¿En el próximo año? ¿En los próximos cinco o en los próximos diez? Toda meta para ser relevante debe ser susceptible de ser medida, tanto en “qué” vamos lograr, como en “cuándo” y “cuántos”.

Tercero, toda meta u objetivo debe equilibrar realismo y fe: Aquí entramos en uno de los terrenos de mayor ambigüedad para los cristianos en general y para un líder en particular. La cuestión es: ¿Cómo equilibramos nuestra realidad humana finita con los recursos infinitos de Dios? Las respuestas nunca son fáciles y cada líder debe darlas por sí mismo al analizar su situación específica.

Para la Boeing, fabricar siete Jumbos por mes era una expectativa realista en base a sus recursos y lo logró. Simplemente por una combinación de planeamiento y esfuerzo humano, la meta de producción se alcanzó. El presidente de la compañía no mencionó que hayan hecho reuniones de oración ni días de ayuno para alcanzar sus objetivos. Para un líder cristiano las cosas no son tan simples. Cuando los diez espías regresaron informando que la presencia de gigantes hacía imposible la conquista de la tierra, ¿estaban dando un informe realista o pesimista? Nunca lo sabremos. Probablemente una mezcla de ambos. Al ver los recursos de Israel y la tarea que les esperaba, pensaron que humanamente era imposible. Josué y Caleb pensaron de otra manera; el resto es historia conocida. Los diez espías “realistas” condenaron la nación a la muerte masiva. Josué y Caleb entraron a la tierra prometida por su fe en Dios.

En el primer paso para planear adecuadamente, decíamos que debemos saber con exactitud con qué recursos contamos, tanto humanos como materiales. Por esta causa al planear debemos trazar metas que reflejen nuestra situación. Como ilustrábamos en nuestro capítulo anterior, si estamos ministrando en un barrio de gente marginada, no podemos esperar que ella aporte el dinero para construir un edificio de diez millones de dólares. Y sin embargo, a los objetivos debemos incorporar el elemento de fe que nos permite esperar más de lo humanamente lógico. Por esta razón toda meta debe ser realista pero, a la vez, lo suficientemente desafiante como para obligarnos a crecer y estirarnos. “Nunca pidas tareas de acuerdo con tus fuerzas, sino fuerzas de acuerdo con tus tareas”, es un buen consejo para cada hombre y mujer que sirve a Dios.

Por otro lado, ¿qué ocurre cuando un pastor anuncia que el plan es duplicar la membresía en un año y en ese período sólo crece un diez por ciento? Los seguidores se quedan preguntando: ¿Quién falló, este o Dios? Y la consecuencia natural es el desaliento y el escepticismo. Toda meta debe ser tan alta que nos desafíe y tan alcanzable que podamos rebasarla sin fracturarnos.  Fácil de decir, difícil de enunciar. Pero, ¿quién dijo, después de todo, que haya algo sencillo y libre de ambigüedades en la vida cristiana …?

Una vez que los objetivos y metas están claramente delineados, se debe:

1. Ponerlos por escrito de manera positiva.

2. Establecer quién será responsable de ejecutar cada operación.

3. Crear un plan maestro que muestre la relación entre cada meta y objetivo.

4. Establecer un esquema de secuencia semanal/mensual que establezca la relación de tiempo necesario para alcanzar cada meta.

D. Considere posibles alternativas: Si una ruta marítima estaba bloqueada por cualquier razón, ¿que alternativas le quedaban a Colón para llegar a destino? Igualmente, si implementamos una estrategia pero después de cierto tiempo vemos que no da resultados, ¿de qué alternativas disponemos para llegar a los objetivos establecidos?

E. Implemente el plan de acción: Finalmente, la hora de la verdad. Cumplidos todos los pasos previos, llegó el momento decisivo de hacerse a la mar. Con todos los recursos reunidos, el plan de acción bien elaborado y tomadas todas las precauciones, finalmente para el líder es hora de actuar.

F. Establezca mecanismos de control: Me imagino con cuánta ansiedad Colón debe de haber considerado el progreso del viaje, la situación de toda la expedición a medida que transcurrían los días, y lo único que se veía en el horizonte era el mar. En su diario de anotaciones personales, luego de la segunda semana, al concluir la jornada, solamente anotó: “Hoy continuamos navegando hacia el oeste”. Todo líder conoce la importancia de saber si estamos en la ruta correcta, asegurarnos si el plan se está cumpliendo y cómo se está llevando a cabo. Para ello, a medida que la acción progresa, debe preguntarse:

1. ¿Qué progreso medible está teniendo lugar  hacia el logro de nuestras metas y objetivos?

2. ¿Fueron los recursos y el personal correctamente evaluados al hacerse el planeamiento?

3. ¿Cómo está la moral del equipo? ¿Está cada miembro contribuyendo con lo mejor de sí mismo? ¿Está cada jugador en su puesto adecuado?

4. ¿Qué dificultades se han encontrado? ¿Son superables? ¿Debemos introducir cambios?

5. ¿Cómo están reaccionando los que no se involucraron en el proceso? ¿Sienten deseos de sumar su esfuerzo o están felices de no haberse mezclado?

6. ¿Cómo está evolucionando el proceso a la luz de la visión y los objetivos prefijados?

G. Evalúe el proyecto concluido: Aquí el caso de Colón no nos sirve por razones que son de dominio público … Pero una vez concluido el viaje, deberíamos preguntarnos:

1. ¿Se alcanzaron las metas y los objetivos establecidos? ¿En  qué porcentaje?

2. ¿Se cumplió el proyecto dentro del tiempo y el presupuesto prefijado?

3. ¿Qué dificultades no anticipadas se hallaron?

4. ¿Qué lecciones se aprendió que nos ayuden en el futuro?

5. ¿Se puede reintentar este plan de acción?

6. ¿Cuál es nuestro próximo plan?

Nada hay más fácil en este mundo que estar ocupado; nada hay más difícil que llegar a ser efectivo. Después de leer todos los pasos descritos en este capítulo, alguien correctamente puede cavilar: “No sabía que era tan costoso llegar a ser un líder competente”. No se desaliente, recién estamos empezando el camino. ¡Todavía hay más! Nunca pierda de vista el objetivo final, que es hacer de usted mismo un individuo altamente valioso, y que su vida tenga una calidad única. Después de todo, según nos recuerdan los expertos en desarrollo personal, sólo un cinco por ciento de la gente alcanza sus metas en la vida. Usted está en camino a ser parte de un grupo muy exclusivo. Y recuerde especialmente el ejemplo que estuvimos considerando al planear: Cristóbal Colón que inició toda su aventura para buscar especias para  preservar los alimentos y terminó descubriendo un continente completo … y al hacerlo alteró el curso de la historia para siempre. Del mismo modo le puede ocurrir a usted. En última instancia cada objetivo y meta que trazamos es un paso de fe que nos acerca a la visión dada por Dios. Y a Dios le gusta premiar a los que tienen fe inquebrantable en él.

 

Amable y generosa contribución de Lideres del Siglo XX1

One Response to “VISION Y METAS. Triunfando y fracasando al planear.”

  1. Gracias por compartir este importante mensaje ya que es de gran bendición tanto para mi vida religiosa y personal.

    La enseñanza y el ejemplo son únicos!!!

    Que DIOS les bendiga y les dé sabiduría siempre.

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