Infidelidad: un juego donde todos pierden

Por Christian R. Jiménez S.

Recuerdo de mi niñez que cada vez que mi padre se encontraba a un  conocido en la calle, una de las primeras preguntas que le hacía era: -¿Cómo está tu esposa?  La respuesta automática: -Bien, gracias, ¿y la tuya?  -Muy bien, por dicha-, contestaba mi padre.

Ahora, en mi vida de adulto, cuando me encuentro en una situación similar, pregunto cosas más generales, por ejemplo, asuntos relacionados con las ocupaciones de la persona o sobre sus hijos, si los tiene.  Al fin de cuentas, me digo a mí mismo al iniciar la conversación: “las ocupaciones son siempre terreno seguro y definitivamente sus hijos nunca dejarán de ser sus hijos”.  Esta “prudencia social” no surgió de forma natural o espontánea.

Puedo contar con más que los dedos de mis dos manos, las veces en que vergonzosamente he tenido que disimular mi sorpresa, combinada con pena, cuando al preguntar por el o la cónyuge de alguien,  recibo congelantes respuesta como: “María y yo ya no estamos juntos”, “¿No sabías que Pedro y yo nos divorciamos…?”, “Decidimos separarnos por el bien de los niños, pero seguimos siendo buenos amigos”, “Me divorcié y me casé nuevamente”.  Sencillamente, son momentos en que desearía haber pensado antes de preguntar  y  así ahorrarme el incómodo momento.

Pero, ¿Cuál es la razón por la que el matrimonio se ha vuelto tan frágil?  En mi opinión, nuestra sociedad es víctima de esa vieja enfermedad llamada infidelidad, la que se ha visto acentuada, en los últimos 50 años, por el relativismo moral, la generalización de las relaciones sexuales antes del matrimonio y una decadencia de valores morales, tales como el respeto, la consideración y la lealtad.

El relativismo moral, como la palabra lo define, hace que veamos todo de forma relativa.  Lo que para mi amigo es malo, puede ser que para mí no lo sea.  Lo que para algunos es pecado, para otros es estar a la moda.  Si se me permite inventar una nueva palabra, cada quien defiende su debilidad escondiéndose detrás de argumentos “yo-creoístas”.  O sea, argumentos como: “yo creo que si en el matrimonio uno se llega a dar cuenta que no satisface a la otra persona es mejor separarse y rehacer su vida”,  “yo creo que si mi esposa no me llena, yo como hombre necesito satisfacer esa necesidad de alguna forma”  El relativismo moral centra su fuerza en el que si se cree que algo está bien, entonces simplemente está bien, sin importar las consecuencias personales, familiares o espirituales para usted o para quienes le rodean.  Argumento demasiado egoísta y egocéntrico a mi parecer.

Las relaciones sexuales antes y/o fuera del matrimonio, motivadas, fomentadas y patrocinadas por Hollywood, la moda y algunas revistas de fotografías “artísticas”, también pueden considerarse disparadores de este masivo mal.  Analicémoslo desde este punto de vista: Las películas comerciales presentan una “fantasía” alterna a la verdadera realidad, que entre otras cosas, propone el que es posible que los jóvenes, y en general, todas las personas, pueden tener relaciones sexuales, incluso al poco tiempo de conocer a su pareja, sin consecuencias de embarazo, enfermedades de transmisión sexual y aún más, sin consecuencias emocionales.

En el caso de los varones,  al ver este tipo de películas, es muy probable que se sientan atraídos  hacia un estilo de vida en el que la premisa es el placer inmediato, la “conquista” de varias  mujeres a la vez, en cualquier momento y lugar, sin establecer ningún lazo afectivo o compromiso y sin tener que enfrentar ninguna consecuencia por ello. Por su parte, la industria musical muchas veces también fomenta y aplaude conductas desordenadas como las que hemos mencionado.  Basta con recordar algunas estrofas de la canción interpretada por Marco Antonio Muñíz, Amor Pirata, cuya letra dice abiertamente que los dos saben que este “amor frágil y tierno puede llevarles de cabeza al mismo infierno… sin que sepa tu marido, ni se entere mi mujer.”

Finalmente, la falta de amor y respeto en los matrimonios desemboca de forma exponencial en la búsqueda de necesidades emocionales que aparentemente y de forma pasajera, son satisfechas por medio de la otra o el otro. La sociedad impone estereotipos y dicta las pautas de conducta que son deseables en hombres y mujeres. La mujer “necesita” sentirse amada por su esposo y el hombre “necesita” sentir el respeto de su esposa.  El trajín diario del matrimonio, las cuentas, el estrés, el trabajo, los niños, entre otras cosas,  hacen que poco a poco y casi sin darnos cuenta cada uno vaya olvidando aquellas estrategias de conquista que tanto resultado dieron en la etapa de noviazgo.  Ella le manifestaba a él su respeto y admiración a través de halagos, adulaciones y muestras de confianza.  Por su parte él dedicaba tiempo para escucharla, hablar y contarle todo tipo de detalles.    Hoy, después de meses o años de matrimonio, poco a poco se va diluyendo la fuerte capa de maquillaje actoral que ambos exhibían.   Según el Dr. Emerson Eggerich, en su libro Amor y respeto, el ciclo alienante se desata cuando la falta de respeto de ella genera en él falta de amor hacia ella, y viciosamente la falta de amor de él produce falta de respeto de ella hacia él.  El clásico caso de que fue primero: ¿el huevo o la gallina?

Pensando concienzudamente en los tres puntos expuestos, he llegado a la conclusión de que fácilmente se puede ser tanto víctima como victimario de la infidelidad.  Lo peor de todo es que en este juego todos pierden.  Es frecuente que la persona que ha sido infiel, eventualmente, llegue a añorar y reconocer el valor  de lo que ha perdido para siempre, su cónyuge sufrirá la decepción y pérdida del hogar que con gran esfuerzo había construido, e  inevitablemente los hijos siempre serán las víctimas inocentes del desdén moral de quien no supo mantener un compromiso.

Es aquí donde es preciso aferrarse a los valores y mandamientos espirituales que son fundamento de la sana convivencia y el bienestar integral individual.

Recuerde que la confianza y el respeto de su cónyuge e hijos no se compran y ciertamente es muy difícil de recuperar. La fidelidad conlleva  un esfuerzo del día a día, casi de minuto a minuto.  Identifique cuáles son sus debilidades y carencias en su relación y de inmediato busque ayuda de un psicólogo o consejero profesional.  Su familia es el tesoro más valioso que usted tiene.   Conviértase en un celoso guardián de la misma.

Consejos para mantenerse fiel a su cónyuge:

1. Nunca haga nada que comprometa su libertad.

2. Tome la decisión de no mirar al sexo opuesto con deseo.  Ejerza el auto control y el dominio propio.

3. Si está casado o casada, no entable amistades íntimas o profundas con personas del sexo opuesto.

4. No responda a coqueteos fuera de su matrimonio.  Piense en lo que puede perder en lugar de centrarse en las emociones pasajeras.

5. Use el Internet para lo que fue concebido: negocios y comunicación al instante, no para entablar amistades dudosas ni acceder a pornografía.  El establecer relaciones por el cyber espacio también es infidelidad.

6. Procure que los espacios de tiempo en que estén juntos usted y su cónyuge sean agradables y divertidos para los dos.  De esta forma ninguno de los dos se verá tentado a buscar esos momentos con una tercera persona.

7. Actúe con la mente y no con las emociones.

8. La infidelidad es una trampa.  Al principio endulza y es placentera, pero pronto le aprisionará y herirá.  En la gran mayoría de casos, de por vida.

9. Recuerde que no hay nada escondido entre cielo y tierra.  Todo sale a la luz.

10.La fidelidad es un acto voluntario.  Practíquela.  No espere a sentir el deseo o la necesidad de ser fiel.

11.La infidelidad no se justifica en ningún caso, ni depende de la actitud o accionar del cónyuge.  El compromiso de ser fiel no es con su pareja, sino con usted mismo.

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